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La democracia mecánica

ARTICULOS / 06 de Febrero de 2006

Los revolucionarios ortodoxos huyen de las urnas. No por temor a perder, sino por temor a ganar. Creen que pueden quedar dentro de esas trampas que burócratas y diplomáticos tienden a los estadistas

Amartya Sen, el filósofo y economista indio, alienta una quimera: "terminar con la pobreza, la ignorancia, la enfermedad y la desigualdad de oportunidades”.
Lo confesó ante el mundo en 1998, cundo recibió el Nóbel de Economía.
 
Entonces creía contar con una aliada: la democracia. Claro que no la “mecánica” sino otra, más ardua:
 
“La democracia tiene complejos requisitos, que por cierto incluyen el voto y el respeto por el resultado electoral, pero también la protección de las libertades y derechos individuales, así como la garantía de libre expresión. No debemos identificar democracia con mero gobierno de mayorías”.
 
Como economista, Sen debería saber que, poniendo esos elementos (más la equidad) en una matriz, uno puede encontrarse ante un problema algebraico sin solución.
 
Si el sistema democrático requiere, a la vez, el respeto a las mayorías y a los derechos humanos, ¿qué sucederá cuando la mayoría vote contra tales derechos?
 
El dilema ya se lo habían planteado los padres de la democracia norteamericana. 
 
Sin dejar de preferirla a otros sistemas, Thomas Jefferson dijo alguna vez: “Democracia es el gobierno de las masas, en el cual 51% puede abrogar los derechos de 49%”.
 
A su vez, Bernjamín Franklin definió la elección democrática como un proceso por el cual  “dos lobos y un cordero deciden con su voto qué van a comer de almuerzo”.
 
La tiranía de los más siempre atribuló a los demócratas idealistas.
 
Mucho más el despotismo de la primera minoría.
 
En sociedades divididas, con gobierno parlamentario o  presidentes electos sin ballotage, no hace falta cosechar la mitad más uno de los votos. Con poco se puede acceder al poder y, desde allí, hostigar a la mayoría fragmentada.
 
Adolf Hitler dominó Alemania con 37% de los votos, en 1932; y consolidó su poder absoluto con 44%, al año siguiente.
 
Hoy, Europa se ve perturbada por facciones políticas que —si bien no parecen destinadas a ser mayoría— reviven la contradicción entre las definiciones cuantitativas y cualitativas de la democracia:
 
œ El austríaco Jörg Haider —que llamó “unidades de detención” a los campos nazis de exterminio— sostiene que las SS fueron parte del Ejército alemán y, como tales, merecen “honor y reconocimiento”.  
 
Con 27% de los votos, Haider ingresó en 2000 al gobierno de coalición encabezado por Wolfgang Schüssel. Como resultado, la Unión Europea impuso —por primera vez en su historia— sanciones a un estado miembro. Los otros 14 países se abstuvieron de  contactos o encuentros con embajadores o funcionarios de Austria, hasta que —por lo menos en apariencia—  Haider salió de escena.  Desde entonces, su partido ha perdido fuerza nacional, pero él es gobernador de Corintia y, en 2004, obtuvo allí 42% de los votos.
 
œ En Francia, Jean-Marie Le Pen produjo en 2002 un terremoto. Gracias a la fragmentación de la mayoría, obtuvo un alarmante éxito en la primera ronda de la elección presidencial: llegó segundo, detrás de Jacques Chirac, que aspiraba a ser reelecto. En el ballotage, Chirac arrasó (82 a 18%), pero Le Pen ya se había consolidado como figura nacional e internacional. Desde su pequeño pedestal proclama que las cámaras de gas fueron un “detalle”.  “En la II Guerra Mundial murieron 50 millones de personas. Si la historia del conflicto se resumiera en 1.000 páginas, los campos de concentración deberían ocupar dos, y las cámaras de gas apenas 10 ó 15 líneas”.
 
œ  En 2002, Holanda asistió al primer asesinato político desde el linchamiento de Johan De Witt en 1672.  Para no permitir que Pim Fortuyn siguiera creciendo en las urnas, Volkert van der Graaf descerrajó seis balazos en la cabeza del  autoproclamado “Samuel Huntington holandés”. Según Pim, el choque de civilizaciones no era internacional, sino que se daba “dentro” de naciones como Holanda. Sus bêtes noires eran los musulmanes.
 
œ  La Liga del Norte, en Italia, inquieta menos que Hadier, Le Pen o Fortuyn porque, en las últimas elecciones, obtuvo sólo 4% de los votos.  No parece disponer, además, de la fuerza necesaria para proclamar —como querría— la independencia de “Padania”, nombre que da a la región septentrional del país.  Sin embargo, la Liga —que en su momento se pronunció a favor de Haider y de Slobodan Milosevic— preocupa como escuela de odios. Su líder, Umberto Bossi, sostiene que Italia no debería permitir el desembarco de africanos: “esos bingo-bongos”. Otro miembro de la Liga, Giancarlo Gentilini, ex alcalde de Treviso, sabe cómo impedirlo: “Los gomones de estos inmigrantes deben ser destruidos desde la costa, a golpe de bazooka”.  
 
El triunfo de Hamas. La porfía entre democracia cuantitativa y cualitativa fue atizada en Ramallah, el jueves 26 de enero, cuando se supo que —en los comicios del día anterior— Hamas había ganado 76 de las 132 bancas que integran el Consejo Legislativo de Palestina.
 
Hamas es la sigla del Movimiento Islámico de Resistencia —Harakat al-Muqawama al-Islamiyya— y, a la vez, un vocablo que significa “celo”, “ardor” o “ahinco”.
 
Al conocerse el triunfo de esta facción, sus miembros empuñaron los fusiles y salieron a las calles disparando al aire.  En Israel y otras partes del mundo se recordó que uno de los padres de Hamas, Abdel Aziz al-Rantissi, había jurado “borrar a Israel del mapa”.
 
Sin embargo, aquella promesa no era original. ambién la habían hecho los vencidos del jueves 26: los integrantes de Fatah, Movimiento para la Liberación de Palestina, Harakat Al-Tahrir Al-Watani Al-Filastini. Esta es la facción del extinto Yasser Arafat, que supo personificar al lucifer palestino y en 1994, al recibir el Premio Nóbel de la Paz, celebró la unión árabe-israelí: “Protejamos este recién nacido de los vientos del invierno, nutrámoslo con leche y miel de la tierra de la leche y la miel; de la tierra de Abraham, Ismael e Isaac, la Tierra Sagrada, la Tierra de Paz”.
Cuando se desmerece la “democracia formal”,  se olvida que, a menudo, quienes la aceptan quedan asidos a una lógica.
 
Por eso los revolucionarios más ortodoxos rehúsan los comicios. No temen perder sino ganar. Creen que, en ese caso, no podrán salir de las trampas que burócratas y diplomáticos tienden a los estadistas.
 
Hamas corre ahora ese “riesgo”. Sus líderes han dicho que discutirán una “asociación política” con el Presidente Mahmoud Abbas. A la vez, han reiterado que respetarán al Estado de Israel siempre que los israelíes respeten el Estado Palestino y restituyan la totalidad de Gaza, más la  Cisjordania.
 
Eso no basta para Israel. Ni para Estados Unidos. Ni para la Unión Europea.
 
Nadie puede ver a Hamas con nuevos ojos.
 
Todos juzgan que la organización no es democrática, aunque gane elecciones.
 
Consideran, como Amartya Sen, que la democracia tiene “complejos requisitos”, y que Hamas aún no ha probado su intención de proteger “las libertades y derechos individuales” ni la paz en la región.
 
Es cierto.
 
Es probable, también, que no lo pruebe nunca.
 
Pero ahora está dentro de la democracia, siquiera “mecánica”.
 
No es poco.